Las huestes del ejército romano regresaban
de la guerra. Pero no sonaban las trompetas, ni las vivas ni las salvas. Tampoco
los tambores esparcían su tono en el valle dolomíta, y sobre el blanco espejo de
los glaciares se reflejaba al menguado ejército en derrota. Los caballeros,
traían sus rodelas rotas, los escudos mal trechos y las ropas, en jirones,
tremolando al viento.
En las fortalezas, el fuego de las antorchas estaba
apagado, junto a la espantosa figura de Ares, el dios de la guerra. Los
estandartes recogidos y el consejo de guerra aguardaban ansiosos la llegada de
los soldados para oír de sus propios labios la explicación de su vergonzosa
derrota.
Hacía largo tiempo que un grande y bien armado ejército había
salido a la conquista de Sicilia, habitada por los cartaginenses y a quienes era
preciso ungir el señorío romano. Dos ciclos lunares habían transcurrido y se
pensaba ya en un asentamiento de conquista, sin embargo, ahora regresaban los
soldados romanos abatidos y llenos de vergüenza. Durante dos lunas habían
luchado con denuedo, sin dar ni pedir tregua alguna, pero a pesar de su valiente
lucha, de sus conocimientos de guerra y sus múltiples derrotas previas, volvían
diezmados, con las macanas desdentadas, maltrechos los escudos, aunque
ensangrentados con la sangre de sus enemigos.
Venía al frente de esta
hueste triste y desencantada, William el príncipe heredero, que a pesar de las
desgarraduras de sus ropas, conservaba su gallardía, su altivez y el orgullo de
su estirpe.
Ocultaban los hombres sus rostros embijados y las mujeres
lloraban, y corrían a esconder a sus hijos para que no fueran testigos de aquel
retorno deshonroso.
Sólo una mujer no lloraba, sus ojos esmeralda miraban
atónitos y asombrados al príncipe que con su talante altivo y mirada azul serena
quería demostrar que había luchado y perdido en buena lid contra un abrumador
número de hombres de raza cartaginense.
El terso y blanco rostro
de la mujer, palideció y su rostro se tornó blanco como el lirio de los lagos al
sentir la mirada vivaz del infante sucesor. Y Candice, que así se llamaba
la mujer y cuyo espíritu había estado destinado a resplandecer, sintió que se
marchitaba de improviso, por que aquél soberano era su amado y le había jurado
amor eterno.
Se revolvió furiosa para ver con odio profundo al caballero
Fe Sassi, que la había hecho su esposa una semana antes, jurándole y llenándola
de engaños diciéndole que el delfín, su dulce amado, había caído muerto en
sangrienta batalla contra los cartaginenses.
- Me has mentido, hombre vil
y más ponzoñoso que el escorpión! me has engañado para poder casarte conmigo.
Pero yo no te amo porque siempre lo he amado a él y él ha regresado y seguiré
amándolo para siempre!
Candice lanzó mil denuestos contra el falaz Fe
Sassi y levantando la orla de su vestido echó a correr por la llanura,
gimiendo su intensa desventura de amor.
Su grácil figura se reflejaba
sobre las irisadas superficies de las aguas sumergidas bajo el hielo glaciar
cuando el príncipe volvió para mirarla. Y la vio correr seguida del marido y
pudo comprobar que ella huía despavorida. Entonces apretó con furia el puño de
la macana y separándose de las filas de sus soldados humillados, se lanzó en
seguimiento de los dos.
Pocos pasos separaban ya a la hermosa Candice del
marido despreciable cuando el infante les dio alcance.
No hubo ningún
intercambio de palabras, porque toda palabra y razón sobraba en ese
instante. Fe Sassi, extrajo la saeta que ocultaba bajo el capisayo y el
príncipe esgrimió su macana dentada, incrustada de dientes de jabalí.
Chocaron el amor… y la mentira…
La saeta con erizada
punta buscaba el pecho del infante y éste mandaba furioso golpes de macana en
dirección del cráneo de quien le había robado a su amada haciendo uso de arteras
engañifas.
Y así se fueron yendo, alejándose del valle, cruzando en la
más ruda pelea entre el hielo glacial.
Mucho tiempo duró aquél
duelo.
El caballero Fe Sassi defendiendo a su mujer y a su
mentira.
El príncipe heredero, el amor de la mujer a quien amaba y por
quien tuvo arrestos para regresar vivo a su reino.
Al fin, ya casi al
atardecer, el príncipe hirió de muerte al falaz Fe Sassi, quien huyó hacía sus
propiedades tal vez en busca de ayuda para vengarse del infante.
El
vencedor por el amor y la verdad regresó buscando a su amada Candy. Y la
encontró tendida… tendida para siempre, muerta a la mitad del valle, por que una
mujer que amó como ella no podía vivir soportando la pena y la vergüenza de
haber sido de otro hombre, cuando en realidad amaba al dueño de su ser y le
había jurado fidelidad eterna.
William, el príncipe, el infante, el
delfín, la viva imagen del amor y la justicia, se arrodilló a su lado y lloró
con los ojos y con el alma. Y cortó flores silvestres con las cuales cubrió el
cuerpo inanimado de la hermosa damisela. Coronó sus sienes con fragantes
flores de las cuales se decía eran las del corazón. Llegaron los pájaros, y
entonaron su melodía.
Por el cielo en nubarrones, cruzó Hades, el dios
de la muerte. Y cuenta la historia que también Osiris, diosa de la resurrección.
Y en un momento dado se estremeció la tierra y el relámpago atronó el espacio y
ocurrió un cataclismo del cual no hay reseñas. Todo tembló y se anubló la tierra
y cayeron piedras de fuego sobre el hielo, el cielo se hizo tenebroso y el
pueblo romano se lleno de temor.
Al amanecer estaban allí,
donde antes era valle y hielo, dos montañas nevadas, una con forma de mujer
sentada sobre un túmulo de flores blancas y otra alta y elevada adoptando la
figura del príncipe arrodillado junto a los pies nevados de una impresionante
escultura de hielo.
Las flores de las alturas que crecen en las montañas
y entre los pinares, cubrieron de blanco las faldas de la muerta y la cubrieron
de armiño, y sobre de éste, pusieron alba blancura de nieve.
Desde
entonces esas dos montañas que vigilan el valle dolomita, tuvieron por nombres
los nombres de los amantes corazones: Candice White - blanco resplandor y
William - voluntarioso protector.
En cuanto al cobarde engañador, según
cuenta también la historia, fue a morir desorientado muy cerca de aquel valle, y
también se hizo montaña, y se cubrió de nieve y fue llamada Forte Fe Sassi, y
que desde allá, lejos, vigila el sueño eterno de los dos amantes a quienes nunca
podrá ya separar.
Durante muchos años y hasta la caída del reino romano,
las doncellas muertas en amores desdichados o por mal de amor, eran sepultadas
en las faldas de los amantes que murieron de pena y de amor, hoy convertidos en
níveas montañas de perenne armiño.
=&_&= H A K E L
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Guerra Florida
2007
Albertmania
hakel_1604@yahoo.com
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AMORES DESDICHADOS
Por Hakel