Advertencias:
-Este fic NO
contiene escenas para adultos maduros.
-Si usted quiere leer una
historia seria sobre Candy, Albert y los demás, no lea este fic.
Si usted quiere saber qué ocurre cuando a una ciber-candy-fan adicta a
los fanfics se le presiona para que escriba uno... pues siga leyendo... bajo su
propio riesgo.
Albert, la vaca y los marcianos
Un fic
alternativo
¿Realmente sabes quién es Candy?
Por PCR, 2007
Había una
vez una poderosa y adinerada familia. Los adultos de la familia eran gente
flemática, preocupada por las apariencias y siempre pendientes de hacer crecer
todavía más la fortuna. Pero algo había pasado hacia fines de la década de 1890,
porque entonces había surgido una nueva y vigorosa generación de jóvenes dentro
de la familia. Bueno… al menos cuatro de ellos eran diferentes, porque el resto
parecía seguir tal cual como siempre… Quién sabe: tal vez sólo la cosecha de
1890 fue la buena :-)
¡Ah! La familia, a todo esto, tenía un nombre,
obvio, pero había divergencias al respecto. Para algunos eran los “Andree”, para
otros eran los “Andrew” o hasta los "Audry" o los “Andley”. Como sea, por lo que
yo recuerdo de este cuento, que ya es muy viejo, eran los Andrew. Digamos que
eran los Andrew. En fin.
Los cuatro jóvenes Andrew que marcaron la
diferencia eran Anthony, Stear, William y Archie. William era el mayor y el
heredero y cabeza de la familia. Cosas de ricos: él era el responsable de todo,
el “rey” de la familia. Pero ya saben que antes de ser rey, se nace príncipe.
Por eso William, que era descendiente de escoses, había salido un día con su
kilt, y se había encontrado a una pequeña llorando desconsolada. Ella,
intuitiva, supo que era un príncipe, así que lo apodó “mi príncipe de la
colina”. La niña, claro está, no sabía que este príncipe ya tenía dueña… Pero
bueno, es un detalle que podemos omitir… por ahora.
El mundo siguió
girando, la niña no volvió a ver al príncipe, y William dejó de ser un
quinceañero que pasó de príncipe a vagabundo bajo el nombre de Albert. Así
volvió a encontrarse nuevamente a la niñita, que también había dejado de ser
niñita y contaba ya con unos 12 años. ¡Y otra vez en problemas! ¿Es que acaso no
sabía cuidarse esa chiquilla? ¿Y qué hacía ahí en esa cascada?
El caso es
que la niñita, que se llamaba Candy, se había enamorado del príncipe y había
sido “adoptada” por los Leagan. La pobre pensaba que con ellos encontraría al
príncipe, pero en realidad sólo encontró a un par de malcriados. Pero también
conoció a los jóvenes Anthony, Stear y Archie y, ¡Oh! ¡Milagro! Se había
enamorado nuevamente, pero esta vez de Anthony. Los primos querían ayudarla y
por eso le pidieron al gran jefe de su familia que tomara a Candy como su
pupila.
A todo esto, el joven William se había fugado de su mansión para
vivir en libertad y su tía había creado el mito del “Tío abuelo William”. En
todo caso, William tenía poder y como no le gustaba hacerse de rogar, con gusto
tomó a Candy como su pupila cuando se lo pidieron sus sobrinos.
Dado que
el mito del tío abuelo había funcionado, el joven podía terminar su preparación
para pasar de príncipe a rey de los Andrew. Curiosa preparación la suya,
viviendo en el bosque rodeado de animales: mofetas, conejos, pájaros y hasta una
vaca. Esta vaca, en especial, era muy querida por el joven William o Albert,
para los amigos (y amigas… mmm). La vaca era cariñosa y alegre y, de no haber
sido por su tamaño, habría ocupado el lugar de Puppé en el hombro del joven.
Albert era sincero con sus animalitos. Todos sabían que él era en realidad un
millonario y habían acordado mantener el secreto. Después de todo, ¿quién iba a
preguntarle a una vaca si conocía al tío abuelo William?
Albert quería a
todos sus animales, pero entre él y la vaca había un especial y lácteo lazo de
amistad. ¡Obvio! De no ser por esa vaca… ¿creen que un vagabundo como Albert se
hubiese mantenido en tan buena forma en el medio del bosque? Cuando era sólo un
niño de 6 años, Albert había visitado los Alpes y allí había conocido a una
pequeña morenita de mejillas sonrosadas. No había caso: desde pequeño fue un
seductor y la pequeña Heidi hasta dejó de lado al bueno de Pedro para compartir
los días con el niño Albert. Antes de volver a Escocia, que era donde estaba su
familia por esos días, Heidi le enseñó a Albert los secretos de la preparación
de quesos, mantequillas y demases. La pobre sabía que no lo volvería a ver, pero
a futuro, cada vez que comiera queso, tendría que recordarla. Cuando Albert
adoptó a su vaca, recordó una vez más a su amiga Heidi y pensó… “Bueno… si ella
hacía quesos con leche de cabra, supongo que yo podría hacer lo mismo con leche
de vaca”. Y así comenzó su labor. Todo funcionó perfecto y Albert decidió que
cuando asumiera como cabeza de los Andrew, buscaría a Heidi para ponerla al
frente de sus empresas lecheras. De hecho, pensó Albert, “ya que está en Suiza,
podría hacer postres de leche y leche con chocolate”… Así fue como Albert
concibió su primera nueva empresa, aparte de las que ya tenía su familia. ¡Y la
tía quejándose por su amor a los animales!
Pero fuera de alimentarlo, la
vaca era siempre muy cariñosa con Albert y lo seguía a todas partes. En
realidad, lo cuidaba y sobre todas las cosas temía que algún día alguien supiera
quién era Albert el vagabundo. Pero… ¿Qué podía hacer ella, una simple vaca,
para protegerlo?
Entonces ocurrió la cosa más extraña del
mundo.
La vaca de Albert rumiaba su pasto, pensando, como siempre, en
cómo cuidar a su querido amigo. "Esa tonta de Puppé no sirve para nada...",
pensaba indignada, "con suerte podría ofender a alguien con su olor, pero no
cuidar a Albert. ¡¡No sé qué le ve Albert!!” mugió llena de
celos.
-Ya
no te preocupes más, vaquita, nosotros te ayudaremos.
-¿Muuuu?
-No tienes que fingir con
nosotros, vaquita, sabemos que puedes hablar.
-¿Y cómo lo
saben?
-Pues porque somos marcianos y los marcianos sabemos
todo.
-¿Marcianos?
-Sí, venimos de Marte.
-¿Y qué estado es
ése?
-No
es ningún estado, es otro planeta. Mira…
Y así fue como la vaca de Albert
conoció a los marcianos. Ellos, que hace tiempo seguían sus preocupaciones, se
ofrecieron gentilmente a cuidar de Albert y su secreto. La vaca quedó muy feliz
y emocionada. Ahora podría estar más tranquila para pensar qué hacer con esa
tonta de Puppé…
Por otra parte, poco antes de su presentación oficial
ante los Andrew, Candy le había comentado a Anthony sobre su primer amor, el
príncipe de la colina. Anthony, obvio, se sintió pésimo... al menos al
principio, porque cuando Candy se dio cuenta de que había metido la pata con el
comentario, lo arregló diciéndole cuánto le gustaba él y sólo él. Mmm… nadie
podía decir que esa chica no sabía lo que hacía, ¿cierto?
El bueno de
Anthony era un poquito celoso, así que igual seguía con la duda sobre quién
sería ese “chico” del que se había enamorado Candy alguna vez. El día de la
presentación de la joven hubo una cacería y Anthony, nada de tonto, le había
sugerido que fueran solos hasta un lugar especial. Mientras cabalgaban, Anthony
iba a contarle a Candy que ya sabía quién era el chico que había conocido en la
colina.... pero... había ojos que lo espiaban.
-¡Alerta roja, general, alerta
roja!
-¿Qué sucede?
-El humano Anthony Brown Andrew está a punto de
descubrir el secreto del humano William Albert Andrew.
-Bueno, pero… ellos son
parientes, ¿no? ¿Qué importa si lo descubre?
-Es que la raza marciana se
comprometió con la vaca terrestre a proteger ese secreto, señor.
-Tienes razón. Bueno. Habrá que
impedirlo entonces. ¿Has pensado en algo?
-Sí, señor. Como están en una
cacería, y a fin de eliminar todo futuro peligro (él ya sabe el secreto y tarde
o temprano lo dirá), se me ha ocurrido que su caballo pise una trampa para
zorros, lo lance por los aires y muera en el acto.
-¡¡¡Pero cabo!!!
-¿Señor?
-¿Qué tiene usted en la cabeza?
¿Matar al pobre chico? ¿Se imagina si la vida de esa familia fuera un animé y
hubiera niñas viendo el programa en la televisión humana? ¡Con una muerte así
usted dejaría traumatizadas a generaciones enteras! Piense en algo mejor, cabo.
-Lo
siento, señor. Tiene razón. Pero, señor, ya nos queda poco tiempo, el humano
está a punto de hablar.
-Bueno… no quedará de otra. Habrá que
abducirlo.
-¿Abducirlo?
-Sí. Abducirlo. O sea, secuestrarlo. ¿Tiene alguna
gracia ese humano Anthony?
-Es un gran cultivador de rosas.
-Perfecto. En Marte se dan muy
mal las rosas. Abdúzcalo y envíelo a nuestro planeta a plantar rosas. ¡Todo sea
por honrar la palabra que dimos a la vaca de Albert!
-A su orden, general.
Así
fue como Anthony fue abducido por los marcianos. El problema es que el general
marciano no fue específico en la forma de cómo se haría el secuestro, por lo
tanto, el cabo marciano, que era muy inoperante, no encontró nada mejor que
disfrazar la abducción haciendo creer a todos los Andrew, Candy incluida, que
Anthony se había caído del caballo y había muerto. ¡Atroz!
Cuando Albert
se enteró de la supuesta muerte de su sobrino, lloró amargamente. No quería
nada, ni siquiera tomar leche, ni hacer quesos, nada. La pobre vaquita estaba
muy preocupada por él, así que acudió nuevamente a sus amigos marcianos en busca
de consejo. El general marciano se dio cuenta del error del cabo y ordenó
solucionar la situación en el acto.
Los marcianos utilizaron su botón
para emergencias, volvieron el tiempo muy atrás, e hicieron que Anthony no
pudiera relacionar a Albert con su tío William. Al no saber el secreto, ya no
era necesario que Anthony desapareciera, por lo tanto, durante la cacería
Anthony sí se llevó lejos a Candy, pero nunca se cayó del caballo. Ninguno de
los Andrew tuvo que sufrir, menos el querido Albert.
Los años pasaron y
los marcianos siempre siguieron cuidando a Albert. Anthony también creció y se
enamoró de otra chica bellísima e inteligente llamada Adriana, quien lo consoló
de sus penas cuando Candy se enamoró de Terry en Inglaterra. Archie se había
comprometido con Annie y Stear, que tenía una extraña fobia a los aviones,
pronto se casaría con Patty. Cuando estalló la guerra en Europa, Stear pensó que
era un alivio estar al otro lado del océano, con los pies bien puestos en la
tierra. La fobia de Stear a los aviones había sido otro regalo marciano. Stear
efectivamente había sido piloto de guerra, pero su muerte una vez más enlutó a
Albert y la vaca, preocupada, pidió a los marcianos que arreglaran todo
volviendo el tiempo atrás y dándole esa fobia a volar.
Albert inició sus
viajes, pero siempre se preocupó de mantener el contacto con su vaquita, pues la
había dejado ya en manos de Heidi, para que iniciara la compañía lechera en
Suiza. Heidi nombró como Subdirector general a Pedro, de quién estaba enamorada,
pero Pedro aún recordaba cómo lo había dejado por Albert y se moría de celos,
por eso se refugió en los brazos de Clarita, que caminaba y era muy linda. Pero
Heidi fue paciente, le regaló muchos chocolates a Pedro y finalmente se casaron.
Invitaron a Albert, pero no pudo asistir, porque se encontraba en
África.
Mientras Albert vivió en el continente negro la vaquita sufrió
mucho, pero los marcianos la mantuvieron informada de su amor platónico. Porque
a esas alturas, claramente la vaquita veía a Albert como su príncipe. ¿Y qué
podía hacer una pobre vaca al respecto? Sólo sufrir y dar buena leche para el
patrón.
Entonces vino el accidente de Albert. Una vez más, los marcianos
lo cuidaron y se encargaron de que lo enviaran a Chicago, al hospital en que
trabajaba Candy. Ambos se fueron a vivir juntos, noticia que partió en dos el
corazón de la pobre vaquita. Ella sabía por experiencia propia que vivir con
Albert era sinónimo de enamorarse de él. Candy no tardaría en enamorarse de
Albert.
-Pero, vaquita, ella ama a Terry y Terry la ama a
ella.
-Lo
sé. Pero Albert es irresistible…
-Vaquita... ¡no digas esas cosas! Tú eres una
vaca.
-¿Crees que no lo sé, general marciano?, respondió ella con
lágrimas en sus bovinos ojos negros.
-Lo siento…
El general marciano se conmovió ante
la situación y decidió que ya era hora de arreglar las cosas. Esa vaca no tenía
por qué sufrir. Con su botón mágico arregló los asuntos para que Candy
fuera a Nueva York y terminara con Terry. Para ello inventó una situación que ni
él pensó que funcionaría: hacer que Terry se quedara con una chica llamada
Susana que lo había salvado de un accidente. Definitivamente ese Grandchester
era un gran humano, así que el general también hizo los arreglos para que Terry
fuera feliz luego de unos meses de dolor. El chico se lo merecía. Al tiempo,
Susana se dio cuenta de que no lo amaba y lo dejó en paz. Terry conoció entonces
a una bellísima latinoamericana que llegó a Nueva York, llamada Ana, se
enamoraron y se casaron.
De regreso a Chicago, Candy se desmayó y el
general marciano vio ahí su oportunidad para actuar. En Suiza, la vaquita
dormía. Cuando abrió sus ojos, estaba ante una linda morena que la llamó
"Candy". La vaquita, que nunca tuvo nombre, sintió que era un chiste de mal
gusto que alguien la llamara por el nombre de la mujer que le arrebataba a
Albert, el amor de su vida, así que quiso demostrar su molestia con un mugido…
pero en lugar de eso se oyó decir "Annie". Plop. ¿Qué pasaba? Se puso de pie y
avanzó en cuatro patas por la habitación.
-¡Candy! ¿Qué te pasa? ¿Por qué
gateas?
-¿Gatear? ¡Pero si soy una vaca! ¿Quién eres tú? ¿Dónde está
Heidi?
-¿Una vaca? ¿Heidi? Pero Candy… Sigues con fiebre, estás delirando.
Ven, acuéstate y descansa.
Y así fue como la vaquita dejó de ser vaquita
y se transformó en Vaquita-Candy. “Seguro fue el general marciano”, pensó la
buena vaca cuando comprendió la situación. Como los marcianos eran muy
preocupados, junto con transformarla en Candy, le dieron todos sus recuerdos y
conocimientos, así que nunca nadie notó la diferencia, aunque a todos llamó la
atención el hecho de que Candy, tras ese viaje a Nueva York, nunca volvió a
comer carne y se transformó en una vegetariana estricta.
Vaquita-Candy
no perdió el tiempo y se dio a la conquista de su amado Albert, quien pronto
recuperó la memoria y también descubrió que esta nueva Candy era aún más
simpática y cariñosa que la anterior. Neil Leagan jamás osó acosar a
Vaquita-Candy... o sea... lo intentó, pero ahí estuvieron los marcianos una vez
más para cuidar a la Vaquita-Candy y volver el tiempo atrás en su debido
momento. Cuando William le reveló a Vaquita-Candy que él era su tutor, el tío
abuelo, ella sólo fingió sorpresa.
Al cabo de un año Vaquita-Candy
recibió el último regalo marciano: olvidar completamente que alguna vez había
sido una vaca. Ella era sólo Candy. Obvio, ella y Albert se enamoraron, se
casaron y fueron muy felices. Tuvieron dos hijos a los que llamaron Anthony y
Pauna. Archie se casó con Annie y tuvo un hijo llamado Alistar. Stear se casó
con Patty y tuvieron tres hijos a los que llamaron Archivald, Annie y Candy.
Terry, por su parte, tuvo una hija llamada Eleonor. Anthony y Adriana tuvieron
muchas hijas: Daniela, Paty, Blanquita, Angélica y la pequeña Zen.
Los
momentos más románticos de Candy (ex vaquita) y Albert siempre eran en la casita
del bosque. Cada vez que Albert se cortaba el pelo, la familia no podía evitar
comentar que se parecía mucho a Anthony, claro que Anthony era más bajito que
Albert. Albert, además, tenía la piel tostada y era muy apuesto. ¡Y buenísimo
para tomar leche y comer queso! Klin y Puppé habían fallecido hacía tiempo.
Candy sintió un extraño alivio cuando Puppé ya no estuvo junto a Albert…como si
alguna vez hubiese sentido celos de la pequeña mascota… Nunca supo por qué se
sintió así.
¿Y Candy? Bueno… En el viaje de Nueva York a Chicago había
sido abducida y cambiada por Vaquita. Los marcianos la llevaron para que
siguiera el trabajo de cultivar rosas que en su momento había dejado inconcluso
Anthony en su paso por Marte. Como Candy era extraordinariamente hermosa, de
largo y blanco cuello, grandes ojos color verde esmeralda y rebeldes rizos
rubios, el general marciano no pudo evitar enamorarse de ella. La convirtió en
marciana, se casaron y ahora son muy felices en Marte, que es el único lugar del
universo donde puedes encontrar rosas Dulce Candy.
Fin
Por
PCR
GF 2007