Corrían los primeros minutos del treceavo día del mes de diciembre. En Escocia, la caída de nieve rociaba de blanco apresuradamente todos los rincones. En la Villa Andrew, las cosas no estaban mejores. Los frágiles vidrios de los enormes ventanales amenazaban con caer en pedazos. A pesar de su grandeza, y de su inevitable imponencia, la mansión ancestral de la familia, guardaba con recelo sus años de esplendor y reclamaba al inclemente tiempo un poco de paz, temiendo desmoronarse y convertirse en polvo.

En la alcoba principal, el joven heredero hacía unos minutos que había logrado conciliar el sueño, pues a él, como a todos en la residencia, la tormenta que había comenzado hacía un par de horas, le preocupaba.

- Sir William, Sir William!

Llamaba la voz ligera y alarmada de Agnes en la puerta de su alcoba, acompañada de la grave voz del viejo mayordomo.

De un sobresalto despertó, sorprendido por los gritos y golpes que sonaban en su puerta. ¿Qué sucedería a estas horas en la mansión, como para que sus sirvientes lo despertaran de tal forma? ¿La tormenta? No, no podría ser, la vieja casona a pesar de un siglo de estar en pie aún resistía. ¿Entonces?

Se levantó presuroso, el frío que se colaba por las orillas de las ventanas le caló los huesos. Se cubrió con una manta y abrió. La cara de susto de la mucama encendió sus sentidos y su adrenalina se puso a tope.

- Edmund, Agnes! ¿Qué sucede?

Los sirvientes se miraron uno a uno para luego mirar temerosos a su patrón.  El viejo mayordomo, entendiendo que debían decírselo sin rodeos, habló.



- Sir William, es… es Miss Candice
El semblante de Albert palideció, temió que el frío provocado por la tormenta le hubiera provocado algún resfriado, pero su sospecha desapareció para dar paso a una preocupación aún mayor cuando Agnes continuó:

-  Miss Candy no está en su habitación, hemos buscado por toda la mansión y no la hemos encontrado.

- ¿Cómo? Pero, ¿en qué momento salió? ¿Están seguros? ¿La buscaron bien? ¿Cómo pudo haber salido con esta tormenta?

Agnes sintió temor al escuchar la preocupación y el visible enfado de su amo. Pero debía reconocer su error si es que quería ayudar en algo.

- Sir William, le suplico me perdoné. Fue un descuido y una falta mía. Debí decírselo antes. Miss Candy salió esta tarde a cabalgar, un par de horas antes de la cena. Me dijo que volvería para antes de la cena, pero que me pedía le sirviera sus alimentos en su habitación más tarde.

- Pero ¿cómo es que hasta ahora lo dices? Han pasado casi seis horas desde que salió si es verdad lo que dices.

- Es cierto Sir William, pero como de costumbre cuando Miss Candy me pide la cena en su cuarto sólo se la dejo a la puerta de la habitación. Y recojo más tarde.  Y hasta hace unos momentos que regresé para llevarme la bandeja, la encontré intacta, entré a su habitación y descubrí que aún no estaba allí.  Leonard, el encargado del establo, ha salido ya a buscarla. Por favor, le suplico que me disculpe.

Albert salió presuroso, apenas alcanzando a escuchar lo que la mucama le decía.  

Afuera, la tormenta no cesaba, la nieve blanca y ligera a él le parecía pesada, pero no tanto como el sentimiento de desesperación que vivía al intentar moverse. El frío no dejaba de calarle los huesos más profundos, debía darse prisa y encontrarla antes de que el frío los matase a ambos.


Sus pasos firmes se introdujeron en la blanca nieve mientras la luz irradiada por las lamparillas imperiales de la mansión, se quedaba en la lejanía y la oscuridad de la noche aprovechaba para cubrirlo con su velo.

Los minutos no tardos empezaron a correr, y junto a ellos se acrecentaba la angustia en el corazón del apuesto joven. Más cuando sentía desfallecer de desesperación por no encontrarla, escucho el suave relinchar de un caballo, tal vez en la agonía.

Sus sentidos se encendieron aún más, atentos hacia el lugar de donde provenía tan amargo chirrido. La experiencia que había adquirido mientras vivió solo y entre  asechos y penumbras, lo llevo a dirigirse hacia la orilla del lago mientras la Luna jugaba a esconderse tras de las nubes, regalándole escasos valiosos segundos de luminosidad.

Y en uno de esos segundos, al acercarse, encontró una escena que lo atemorizó por completo, allí en la orilla yacía su princesa casi cubierta por la espesa nieve, mientras el corcel, aún en su agonía, trataba de reanimarla con el calor que exhalaba de su hocico, al tiempo que con sus cascos y delicados movimientos trataba no en vano de retirar la nieve.

En solo un instante sus piernas cobraron la fuerza que había perdido, sus pasos cobraron nuevamente vida. Y al lograr llegar sintió un escalofrío. La nieve blanca mostraba algunos trozos de tono escarlata. De inmediato se arrodillo sintiéndose morir.

El caballo lo miro suplicante mientras continuaba con su labor. Sin duda aquella niña le habría robado también el corazón.

Y aunque la fría nieve quemaba sus manos, logró sacarle de entre la nieve blanco escarlata. El líquido que corría por las venas de su amada manchaba incauto su blanco cuello. Pronto, las lágrimas llegaron a sus ojos. El frío volvió a calar su médula. Su cuerpo, perdió nuevamente sus fuerzas al observarla.

Pero el caballo amaba a su dueña, y adorando de igual modo al que le regalo con ella, empezó a lamer sus manos y su rostro. Entonces reaccionó. La levantó en sus brazos miró al caballo y éste entendiendo a su amo, comprendió su fin.


Un último lamido dio a su dueña y bajó la mirada resignado a morir bajo la tormenta. La misma tormenta que le arrebataba la vida a quien más amaba. Recordaba entonces su risa, su mirada, el resplandor de sus rizos dorados bajo el sol y las tardes compartidas en paseos inigualables.

Pero su amo no lo dejaría morir allí, sin pensarlo dos veces tomó su rienda. Y comenzó a abrirse paso entre la nieve, la tormenta y el fuerte viento que rezumbada en sus oídos. El corcel siguió sus pasos y al verlo luchar por su amada no le importó la debilidad de sus patas. Apresuró su paso y caminando a su lado le sirvió de barrera contra el viento.

Así caminaron por minutos y a poco de llegar a su destino, Albert cayó en la nieve. El cansancio,  el temor y el frío hacían ya estragos en su cuerpo. Nuevamente el caballo decidió arriesgarse. Lo daría todo por que fueran felices. Se acercó a él y mirándolo le hizo saber que él los llevaría.  Albert coloco a su princesa sobre su lomo. Y luego soltó su rienda para que la llevase lo más cerca e indicándole que le abandonara. Él también daría la vida por ella. Pero el caballo no obedeció. Y lamiéndole las palmas de la mano, suplicó que el también subiera.

Albert lo dudo un segundo, pero el caballo insistía y el tiempo corría. Su pequeña iba herida de muerte y los minutos por venir eran cruciales. Y él, dónde estaría para ayudarla? El caballo sin él no se iría.  Miró hacía el frente, las torres de la mansión comenzaban a descubrirse. Estaban cerca. Subió al corcel y éste aunque agonizando continuó su camino.

Con mucho esfuerzo logró su objetivo. Leonard salió corriendo por la puerta principal, seguido de Edmund mientras Agnes corría presurosa por cobijas y ropa seca. Albert bajó del caballo sintiendo como sus rodillas se doblaban. Sin importarle, tomo a Candy nuevamente entre sus brazos y miro al corcel agradecido. Leonard comprendió su mirada. El alazán de Miss Candy los había salvado de morir bajo la tormenta, al menos al joven heredero. Tomó sus riendas y sin pensarlo, lo llevo al establo y comenzó la afanosa tarea de salvarle la vida. Unos sorbos de agua, miles de caricias, cobijo sobre la paja, alimento,  quería salvarlo, esperando que sus intentos no fueran en vano.



Entre tanto Albert curaba la herida de su pequeña. Necesitaba un médico, pero con esa tormenta nadie iría. Para su sorpresa, el viejo mayordomo prometió que sanaría.  Preparó un té he hizo que Albert la bebiera, y enseguida, aunque aún inconsciente, logro que Candy la bebiera. En unos segundos sus cuerpos comenzaron a sentir calor, los músculos recobraron el movimiento. Pero Candy aún dormía, para alegría de todos, su respiración volvía a ser constante. Agnes cambió sus ropas mientras Edmund convencía a Albert de hacer lo propio.  Más tardó en salir  de la habitación que en regresar.

Se sentó en la cama a su lado y comenzó a llenarle de caricias.

- La ama verdad?

Fue la pregunta que lo sacó del transe. Miro a su mayordomo a un lado y junto a él Agnes, la mucama que asustada y con lágrimas miraba la escena.

- Edmund, me conoces desde pequeño. Y aún lo preguntas?, contestó herido.
- Entonces descanse, ella lo necesita, respondió sereno
- Descansar has dicho? No podré separarme de ella hasta verla repuesta.
- Entonces descanse con ella, respondió nuevamente mientras se dirigían a la puerta de la alcoba. Estaremos pendientes de su llamado.

Asombrado por la respuesta, asintió suavemente. Pero antes de que cerrara la puerta:

-Edmund, el corcel, sálvenlo.
-Sir William, Leonard ya lo está atendiendo. Pero no se preocupe por el caballo, si muere, lo hará feliz sabiendo que ha salvado a quienes más ha amado. Si vive, vivirá feliz, no por haberlos salvado, pero si por saberlos juntos.

Y luego cerró la puerta.

Pasando unos minutos, o quizás horas quedó dormido, para luego ver la luz del día acurrucándola en sus brazos. Al verla allí, abrazándole, su corazón dio un vuelco de alegría, la sonrisa volvió a su rostro y sus palabras delataron lo que venía sintiendo desde hacía tantos años atrás:



- Te Amo Candy, pequeña y dulce Candy, pronunció en un susurró creyéndola dormida.

En ese momento, los ojos de un corcel tan blanco como la nieve y la juguetona Luna, recibían nuevamente la luz del astro Sol que se colaba por las  pequeñas rendijas del establo. Las nubes y la tormenta se habían marchado y afuera sólo quedaban el manto blanco de la nieve y los recuerdos crudos de una noche de tormenta.

Y también, en ese mismo instante Candy alzó su rostro para mirarlo a los ojos, y así, mirando sus ojos  y perdiéndose en ellos susurró:



- Y yo a ti Albert, a ti Te Amo.

TEMOR EN LA TORMENTA
(A TI TE AMO)
=&_&=  H A K E L =&_&=
Guerra Florida 2007
Albertmania
hakel_1604@yahoo.com