Tres Destinos
Por PCR y
Zen
Capítulo 1
Dos años, dos noviazgos
Ya habían pasado dos años y el tiempo se había encargado de llenar
sus vidas de sorpresas y nuevos sentimientos. Aquel había sido otro alegre día
entre risas, conversaciones y sueños. Esa tarde, Albert disfrutaba de la
compañía de aquella chica tan especial para él. Desde el momento que la conoció,
nunca había vuelto a sentirse solo; al contrario, sentía que sus corazones
latían a un mismo ritmo. Ya habían compartido algún tiempo juntos y muchos
comentaban que ambos formaban una pareja hermosa… y muy enamorada.
Pero,
¿importaba de algo lo que los demás pensaran de ellos? Lo único que importaba
para Albert era el amor y la felicidad que sentía con sólo mirarla, las
cosquillas que sentía en el estómago cada vez que ella rozaba su mano o besaba
tiernamente su mejilla. Ella incluso lo había sorprendido con uno que otro beso
peligrosamente cercano a sus labios. Lo que había entre ambos era evidente y
seguir esperando para tenerla entre sus brazos y besarla como tanto había
soñado, era una estupidez. Esa tarde se lo diría.
-Albert, ¿en verdad
crees que es buena idea caminar descalzos en esta arena llena de Dios sabe qué
cosa?
-No pienses en eso. ¿Por qué mejor no disfrutas de lo bello de este
atardecer? - dijo clavando su mirada en aquellos ojos color verde tilo.
-¿Qué
miras?
-Tus ojos.
-¿Y qué ves en ellos?
El momento había llegado.
Albert se detuvo y la tomó de la mano, sin perder un momento de vista sus
hermosos ojos verdes.
-Cuando te conocí, no estaba seguro de que fueras
la persona que haría mi vida feliz, que llenarías todo lo que creía vacío en mí.
Te he esperado tantos años… Ahora estoy más que seguro de que tú eres aquella
persona ideal. Y me preguntaba… si quisieras ser más que mi amiga y confidente.
¿Quisieras ser mi novia? No me contestes ahora si no quieres…
-Yo… Por
supuesto que quiero ser tu novia - dijo sorprendida.
-Gracias por darme esta
oportunidad. Te quiero, te quiero tanto.
-Albert… yo también te quiero… Te
amo - dijo la joven, para finalmente unirse al dueño de su corazón en un largo y
apasionado beso.
Ese beso había sellado el compromiso. Por fin podrían
disfrutar de su amor ante todos. Se sentía el hombre más feliz de la tierra y
sabía que, por fin, su amor era correspondido.
Lejos de allí, en
Nueva York, esos mismos dos años habían sido el tiempo que le había tomado a
Terry Granchester, el actor, alcanzar la consagración en el mundo de las tablas.
Su talento y versatilidad no dejaban de sorprender al público y la crítica. Y en
Broadway, como se sabe, consagración es sinónimo de admiradores y reporteros,
todos siempre ávidos hasta del más pequeño detalle de la vida del famoso de
turno. Tras dos años, el famoso de turno era él. De hecho, su fama incluso había
aumentado después que la noticia de su próximo matrimonio con Susana Marlowe
había acaparado titulares, noticia que, ciertamente, no había surgido de Terry.
Porque para Terry Grandchester, el hombre, el tiempo se había detenido el frío
día en que se separó de Candy y ya no avanzaba.
Aunque ya no sufría por
el amor perdido ni lo atormentaban las dudas, la sensación de vacío no dejaba de
crecer en su corazón. El teatro y el reconocimiento eran una vía de escape, pero
cuando las luces se apagaban, Terry Grandchester ya no era el rebelde
quinceañero, sino un hombre solitario, serio y riguroso, firmemente determinado
a cumplir su palabra, sea que ello significara abordar un nuevo papel o seguir
junto a Susana.
Sin embargo, la constante presión de la madre de Susana
estaba llevándolo al límite de su paciencia. Y esa tarde, el vaso se colmó,
cuando recibió una entusiasta felicitación.
-¡Hola, Grandchester!
Enhorabuena, hombre, hasta que te decidiste - comentó alegremente su director.
Terry le dirigió una mirada de curiosidad, mientras se quitaba la
bufanda y la boina.
-¿Por qué me felicitas?
-Vamos, Terrence, no me
mires así. ¡Por tu boda, hombre! ¿Cómo no me lo habías comentado? Sólo espero
que tu luna de miel no te aleje de los ensayos por mucho tiempo, ¿eh? ¡Te lo
tenías bien guardado, bribón!
-¿Mi boda? Pero… ¿cómo…?- le contestó Terry,
visiblemente confundido.
-Vamos, Terry, está en todos los periódicos. Mira
esta foto. Qué bella se ve Susana - le comentó al tiempo que le mostraba la
portada del New York Tribune. ¡Todo el mundo lo sabe! Incluso ya te han
llamado un par de periodistas, porque quieren saber cuándo será... ¿Terry?
¡Terry! ¿A dónde vas?
Terry no contestó. Le devolvió el periódico, se puso la
bufanda y la boina y sin decir una sola palabra salió rumbo a su departamento.
Mientras salía a toda prisa del teatro, ya había dos o tres reporteros
esperándolo para que les diera más detalles de su matrimonio, pero él ni
siquiera se detuvo. El titular de aquella tarde hizo alusión a la frenética
carrera del actor de moda para encontrarse con su amada prometida. La verdad de
aquella tarde, en cambio, fue muy distinta. Si bien era cierto que Terry corría
con ansias hacia Susana, no era precisamente para manifestarle su amor, sino
todo lo contrario. Por el camino compró un ejemplar del periódico.
Susana comenzó a retocar su peinado y su maquillaje, se sentó junto a la
ventana desde donde alcanzó a divisar a Terry a unas cuantas casas de distancia.
La madre de Susana corrió a abrir la puerta. Sin duda era Terry. Cuando entró,
dirigió su mirada a Susana y exclamó con profunda molestia:
-Déjenos
solos, señora- su mirada reflejaba ira y coraje - ¿Por qué lo hiciste? -
dijo mientras le aventaba el periódico.
-Veo que ya te enteraste, contestó
ella tristemente.
-Todo el mundo se enteró.
-Terry, déjame explicarte,
yo…
-¿Explicarme? ¿Qué vas a explicarme? ¿Qué cuento vas a inventarme esta
vez? ¿Cuántas veces te he dicho que no quiero que se sepa nada de mi vida
privada? ¡¿Es que acaso te cuesta tanto entenderlo?!
-Terry, es que yo no
dije, yo no fui… - trataba de explicar Susana, pero era en vano. Terry no la
oía.
-Estoy harto, Susana, ¡¡estoy harto!! Si yo he cumplido mi palabra, ¿por
qué tú no cumples tú la tuya? ¡Dime! ¡¿Por qué, por qué?!
-Terry, cálmate,
déjame explicarte. No fui yo quien entregó la noticia a los periodistas, yo te
había prometido que el matrimonio sería discreto, que nadie lo sabría hasta
que...
-¿Qué no fuiste tú? Y entonces, ¿quién fue, Susana? ¿eh?
¡Dímelo!
-Yo lo hice, Terrence.
-¿Qué? ¿Usted? Terry miró incrédulo a la
madre de Susana.
-Sí, Terrence, yo lo hice.
-No le creo. Lo único que
quiere es proteger a su hija...
-No, Terrence, yo lo hice. Deja ya de gritar
de esa manera a mi hija. ¿Quién te crees que eres? No tienes derecho a tratarla
así, tú menos que nadie- dijo haciendo hincapié en esas últimas
palabras.
-Además, ¿cuál es el problema? ¿O acaso habías pensado romper tu
promesa y abandonar a Susana?
-¡Mamá! Basta, por favor...
Terry miró
a la mujer con ojos de hielo y furia contenida.
-No, señora, no soy un
canalla que falte a su palabra. Prometí casarme con Susana y voy a cumplir mi
palabra. Ustedes prometieron mantener todo esto en la más completa discreción y
no lo cumplieron. ¿Quién es el canalla aquí?
-¡No me faltes el respeto,
Terrence!
-No se lo falto yo, señora, se lo falta usted misma y se lo falta a
su hija. Son tal para cual. Esta discusión no tiene sentido. Ya comprendo entre
quiénes estoy. Voy a cumplir mi palabra - dijo mirando a Susana - , pero no
esperes más de mí. No puedo mentirte, aún sigo enamorado de...
-Calla, por
favor, déjame soñar con la idea de que sientes algo por mí.
-Está bien, como
quieras. Guarda bien el recorte del periódico, será la prueba de una farsa- dijo
Terry saliendo del cuarto.
-Terry, yo…
Pero ya era tarde. Terry se
había ido tan rápido como había llegado, dejándola sola con su madre, sola con
su frustración y conciente del sacrificio que Terry hacía por ella. Al menos así
es como Susana quería creerlo. La señora Marlowe, en cambio, no iba a dejar las
cosas así. Corriendo tras él, lo tomó del brazo y le dijo:
-No sé por qué
le reclamas a Susi. No hace falta que te recuerde que por tu culpa Susana está
así. Casarte con ella es lo mínimo que puedes hacer. Ojalá y nunca se hubiera
enamorado de ti.
-Ojalá así hubiera sido. Estar paralítico no es nada
comparado con tener que soportarlas a las dos- dijo zafándose del brazo de la
mujer.
Terry buscó un lugar para estar solo. Solo con sus recuerdos, con
el único y más preciado recuerdo que guardaba en su corazón: aquellos días
felices en Escocia. Y casi sin darse cuenta, una lágrima rodó por su
mejilla.
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capítulo dos aquí!!!
Tres Destinos
Autoras: PCR y Zen
GF 2007