Tres Destinos
Por PCR y
Zen
Capítulo 2
Cariños nacen, cariños mueren… un dolor
persiste
En Chicago, el tiempo había transcurrido con rapidez para William
Albert Andrew. Juntas, reuniones, comidas de negocios y uno que otro problema
familiar lo habían tenido ocupado constantemente. Esos dos años lo habían
llevado desde sus andares como un simple desconocido hasta convertirlo en el
joven más adinerado y codiciado por la alta sociedad
norteamericana.
Albert, quien alguna vez había sido el príncipe de la
colina, era ahora el príncipe de los sueños de madres y padres que veían en él
la llave segura a un nivel superior en la escala social, así como de jovencitas
y mujeres que sólo tenían ojos para quien encarnaba la mezcla perfecta de poder,
dinero y belleza. Si en Nueva York los periódicos se centraban en la vida y obra
de Terry Grandchester, en Chicago, el centro de la atención era William Andrew.
En una ocasión, incluso, habían compartido una misma página, cuando la revista
LIFE hizo el recuento de los solteros más codiciados de Estados
Unidos.
Esa inesperada fama de soltero codiciado incomodaba al joven
Andrew. “Esto es ridículo”, solía comentar, “hace unos meses deambulaba por las
calles de Chicago y la gente ni siquiera me saludaba. ¿Y ahora soy "codiciado"?
¡Es absurdo! El estúpido dinero hace codiciado a cualquiera”. Por más que lo
intentara, no lograba pasar desapercibido y la constante presión de la prensa y
la sociedad, ambos ansiosos por verlo comprometido, comenzaba a asfixiarlo.
Fue entonces cuando comenzó a declinar invitaciones, con la esperanza de
que menos fiestas significaran menos exposición. Esto le permitió ganar un poco
más de tiempo para él, para dedicarlo a lo que le interesaba. Pero a esas
alturas de su vida, ¿qué era lo que realmente le interesaba? Ya había perdido
tanto… Un número de National Geographic sobre su escritorio le dio la clave.
"¿Por qué no?".
Pese a su agitada agenda, Albert se las arreglaba que
estar al tanto de lo que ocurría en el continente que le había entregado la
mayor sensación de libertad de su vida: África. Sabía que había mucho por hacer
e investigar, por lo que decidió no ser un mero espectador. No podía viajar,
pero sí podía apoyar a otros para que investigaran y dieran a conocer las
maravillas del continente negro.
En cosa de semanas, George había
conseguido la información que Albert necesitaba, junto con fijar una cita con
los principales responsables de la National Geographic Society. Pronto, el joven
Andrew estableció una nueva beca NGS, destinada a la investigación de la flora y
fauna de África. El proyecto entusiasmó a Albert, quien participó en la
iniciativa tanto como sus compromisos se lo permitieron, pero siempre con una
condición inquebrantable: el anonimato. No quería más publicidad, ni tampoco
quería más indeseables rondando. La beca "African Rescue” era una de las más
generosas y una serie de jóvenes investigadores se beneficiarían de ella. Aunque
todos se preguntaban quién sería el generoso benefactor, la Sociedad no
entregaba el menor detalle, lo cual no hizo más que aumentar las
especulaciones.
Si bien la creación de la beca le permitió sentirse al
menos por unos instantes en contacto con el joven libre de ataduras que había
sido un día, su realidad como cabeza de los Andrew era ineludible y esa mañana
no sería la excepción.
-Señor Andrew, éstas son las estas invitaciones
que hoy llegaron para diferentes eventos. Creo que al menos uno de
ellos…
-Ay, Margaret, usted sabe lo que opino de esos eventos - dijo con voz
cansada.
-Sí, señor, lo sé muy bien, pero creo que hay uno que resultaría
particularmente favorable y al que sería impropio que no asistiera. Por
eso…
-Mmmmm -gruñó con desgano al tiempo que miraba a la mujer con cara
suplicante. Margaret era una mujer mayor, un encanto de persona, no una simple
secretaria. Albert sabía que ella se preocupaba genuinamente por él, tal como lo
haría su tía... o una hermana mayor.
-Señor…
-No quiero saber, no quiero
saber - dijo en tono juguetón.
-Señor, se trata de una invitación de la
National Geographic Society. Lo están invitando a su gala anual.
-¿De
National Geographic? - preguntó incorporándose con interés.
-Sí, señor, es lo
que trataba de decirle. Este año han decidido realizar su gala en Seattle y lo
están invitando. Es cierto, sigue siendo una fiesta, pero me parece que podrá
encontrarse con personas que tal vez compartan algunos de sus intereses, si me
permite el comentario.
-¿Mis intereses?
-Claro. Investigadores, jóvenes
becarios, fotógrafos, sin duda algún científico. Desde luego, también estará la
alta sociedad de siempre, pero aún así creo que a usted le interesaría asistir a
esta gala en particular. La invitación dice que entregarán las primeras becas
“African Rescue” - acotó Margaret con cierta intención.
-Pero… se supone que
nadie sabe…
-Nadie lo sabe, señor. Ellos sólo quieren que usted esté
presente, para que vea los primeros frutos de su aporte.
-Comprendo. Bueno,
supongo que no me hará mal darme una vuelta por la gala, ¿no? Pero tendría que
ausentarme de Chicago un par de días sólo para asistir a una gala…
-Desde
luego, señor- contestó con alegría Margaret- pero su visita a Seattle también
sería una buena ocasión para que visite al señor Austin para afinar los detalles
del contrato que aún no hemos firmado. Y en la gala seguro se encontrará con el
señor Miller, el dueño de…
-Ay, Margaret, tú no pierdes oportunidad, ¿cierto?
- la interrumpió Albert divertido.
-No, señor. Es mi trabajo, ¿no?- le
contestó devolviéndole la sonrisa.
-Está bien, está bien. Me ganaste esta
vez. Veamos qué tengo que llevar a la famosa gala y a quién debo visitar en
Seattle. Puedo quedarme en la mansión que tenemos en esa ciudad y hacerla mi
centro de operaciones, ¿no crees?
-Desde luego, señor.
Durante las
tres semanas que siguieron, George y Margaret afinaron uno y mil detalles, hasta
conformar una apretada agenda para Albert. Lo que en un comienzo había sido la
simple asistencia a una gala, terminó por convertirse en una serie interminable
de reuniones de negocios. Por su parte, la tía abuela había informado a la
servidumbre de Seattle que debía preparar todo para próxima visita del señor
Andrew. Albert, en cambio, cada noche se llevaba a casa una serie interminable
de documentos e informes que debía leer para prepararse para las numerosas
reuniones que sostendría en unas semanas. Después de todo, ¿qué más podía hacer
durante las largas noches en la mansión?
El tiempo pasó volando y llegó
el día en que Albert debía partir. Había tratado de comunicarse con Candy para
comentarle sobre su viaje, pero, como de costumbre, no la había encontrado en su
departamento. No había dudas al respecto: él no era el único que llevaba una
vida ajetreada. “En fin, sólo serán cinco días", se consoló Albert. "Además, no
creo que le importe mucho que me encuentre en Chicago o en Seattle”.
Aunque le doliera reconocerlo, en el fondo de su corazón, sabía que no
se equivocaba.
Para Candy, el tiempo no había pasado en
vano. Los dos largos años que habían transcurrido desde su dolorosa separación
del que, ella había creído, sería el amor de su vida, habían sido testigos de
grandes cambios en la vida de la jovencita.
Qué equivocada había estado
al pensar que en Londres había encontrado por fin a quien sería el compañero de
toda su vida. Desde luego, Terry había actuado honorablemente al quedarse con
Susana, pero... ¿había sido honesto con Susana, con Candy, con él mismo? Los
años transcurridos la habían convencido de lo contrario. Si de Anthony guardaba
un recuerdo dulce y entrañable, para Terry ya no tenía más que una fría
indiferencia. Tampoco le deseaba mal ni sentía rencor hacía él. Al contrario,
deseaba que de una vez por todas tuviera el coraje para cumplir sus sueños y ser
feliz… Mismo coraje que Candy pensaba que a Terry le había faltado en el momento
preciso.
Pese al dolor de la situación, Candy había cobrado ánimo y
fuerza para retomar su vida. ¡Y de qué manera lo había hecho! La joven gozaba de
una merecida reputación entre los médicos y las enfermeras de los distintos
hospitales en que había trabajado. Tras la presentación de Albert como cabeza de
los Andrew, y luego de aceptar que debía tomar acciones más radicales para dejar
a Terry en el pasado, había decidido irse a trabajar a un afamado hospital de
California. En un principio, Albert se había preocupado, pues sabía que le sería
imposible apoyar a su pequeña debido a las numerosas responsabilidades que ya no
podía eludir en los negocios. Pero Candy había sido clara: no era una decisión
que necesitara su aprobación. Era una decisión que ella ya había tomado y que
esperaba que los Andrew simplemente se limitaran a respetar.
La decisión
que Candy había mostrado en ese momento impresionó a la tía abuela. La mujer no
podía desconocer el valor que se necesitaba para volver a empezar sola, lejos de
todo y a pesar de todos. Para Albert, en cambio, había sido la confirmación de
que Candy aún sufría por Terry y que era el momento de dejarla emprender su
camino, aún cuando él no pudiera estar cerca. Ambos accedieron a dejarla
partir... pero en esta ocasión, Candy se llevó no sólo el cariño de Albert, sino
también un poco de la admiración de la tía. Ambas siguieron en contacto, la tía
a su manera, un tanto brusca, pero con ciertas notas de preocupación y cariño
que Candy supo distinguir. Esa primera admiración secreta fue dando paso a un
cariño tímido, que poco a poco se fortaleció. Para Candy nunca había sido
difícil entregar afecto y el orgullo de la tía finalmente comenzó a ceder. El
primero en alegrarse fue Albert. Por fin parecía que empezaba a construir algo
similar a una familia, pese a los cientos de kilómetros que había entre
ellos.
Cierta tarde en que la abuela la visitaba en California, luego
de ver cuánto alababan su labor como enfermera y el cariño que tantos le
profesaban, la mujer se animó a abordar la sombra que había entre ambas: la
muerte de Anthony. Candy había sufrido lo indecible cuando la abuela la culpó de
aquél accidente. Si bien jamás hablaba del tema, la tía sabía que le había
provocado una herida profunda que la joven no merecía.
-Candy… No sé si
será correcto… ni adecuado… han pasado ya tantos años. Pero siento que esto es
algo que debo decirte.
-¿Decirme? ¿Qué sucede, tía abuela?
-Yo…
bueno…
La mujer medía sus palabras. Después de todo, ella era una
persona respetada y destacada de la alta sociedad. Nada tenía que hacer allí,
pensando en disculparse ante una huérfana… Pero ésta no era cualquier huérfana.
No. De hecho, era una Andrew, la persona que había rescatado a su sobrino
Albert, cuando ni siquiera todos los millones de dólares de la familia podían
ayudarlo. Ante todo, ahora era su sobrina, la sobrina que finalmente había
logrado ganarse parte de su corazón. Jamás sentiría hacia ella el profundo
afecto que sentía por sus sobrinos verdaderos, pero debía reconocer que la
estimaba. La anciana se había dejado querer y ese cariño, a esa altura de su
vida, la llenaba de alegría.
-Candy, cometí un error al culparte por la
muerte de Anthony.
Era algo que Candy no esperaba. Una sombra de dolor y
confusión asomó en sus ojos. Las lágrimas no se hicieron esperar.
-Sí…yo…
sufrí tanto, Candy. Él era mi sol. Albert ya no estaba a mi lado. Anthony era mi
sobrino consentido y tú me habías robado su cariño, sus días, su corazón. Ahora
sé que sólo lo hiciste feliz y que jamás le hiciste daño... Fui yo quien no le
permitió... Yo quería protegerlo... y no supe... - La voz de la mujer se
quebró.
-¡Tía abuela!
Ambas se abrazaron y lloraron juntas. Lloraron
por Anthony, lloraron por ellas y también lloraron de alegría, al ver cómo se
encontraban en el mismo punto que un día las había separado.
-Tía abuela,
gracias, gracias por sus palabras. Temía tanto que usted aún pensara que yo...
que yo...
-Por favor, Candy, ¡no lo menciones!
-Sí… Ya no vale la pena...
Lo que ahora importa es que estamos vivas y que podemos ser amigas... Si usted
quiere...
-Candy, tú eres mi sobrina. Hiciste feliz a todos mis sobrinos,
sobre todo a Anthony. Salvaste a Albert y al hacerlo salvaste a esta familia.
-Ay, vamos, tampoco es para tanto - dijo haciendo una mueca.
-¡No
gesticules así, Candy!- le reprochó suavemente la tía, retomando su habitual
pose aristocrática.
-Ups, lo siento - se disculpó Candy divertida.
-Ahora
comprendo el gran daño que te habría hecho siguiendo la trampa de los Leagan.
¡Casarte con Neil habría sido horrible!
-Tía, por favor, no me lo recuerde -
dijo Candy al tiempo que se ponía de pie.
El rostro de la joven cambió
drásticamente. Los Leagan, pocos la habían dañado tanto como ellos. Cuando vio
la cara de preocupación de la señora Elroy, pensó que podría estar molesta por
su actitud, por lo que se apresuró a concluir:
-Pero bueno, eso ya pasó.
Ahora estoy en California y tengo toda una vida por delante. ¿Qué le pareció mi
trabajo en el hospital?
Era mejor no ahondar en el tema de los Leagan.
Después de todo, la tía Elroy debía quererlos tanto como a Stear o a Archie. Al
menos, eso es lo que Candy creía.
Lo cierto era que la tía no pensaba
igual. Al enterarse de que Eliza había tratado de engañarla como si fuera una
tonta y comprender el riesgo que con ello había corrido su relación con Albert,
el heredero universal de los Andrew, se había sentido profundamente insultada.
Desde que Candy había partido de Chicago se había encargado de evitar al máximo
a los Leagan, lo cual era sencillo, ya que seguían viviendo en Florida. Quería
hacerles sentir el peso de su autoridad y, sobre todo, demostrarles que si bien
Albert era el patriarca, ella era quien había mantenido a flote a los Andrew
durante años. Y como tal, merecía respeto.
El vacío que habían
dejado los Leagan había sido llenado con creces por Candy. Ahora la tía la
apoyaba y, si bien seguía empeñada en que fuera una dama, había aprendido a
aceptar que la joven también podía realizarse como profesional. Sin embargo, y a
pesar de ese cariño, para la abuela Candy aún era una desconocida. Aunque sabía
sus gustos y apoyaba sus esfuerzos por superarse, la tía no sabía que en el
corazón de Candy persistía una gran tristeza.
Y esta vez, Albert no
estaba ahí para calmar el corazón de su pequeña.
Entrá al
Capítulo tres aquí!!!
Tres Destinos
Autoras: PCR y Zen
GF 2007