Tres Destinos
Por PCR y
Zen
Capítulo 3
De Penas y Alegrías
La ceremonia del matrimonio civil se efectuó una tarde en el salón
principal de la residencia del Duque de Grandchester, con quien, por cierto, las
relaciones eran muy buenas tras su divorcio. Los únicos acompañantes de los
novios fueron el juez, la madre de Susana, el padre de Terry y Eleanor
Baker.
Fue una ceremonia sombría en la que se notaban claramente las
diferencias de ánimo de los contrayentes. Ella se veía radiante, feliz. Él, en
cambio, estaba deshecho. Jamás olvidaría el comentario que le hizo su padre
cuando todo hubo terminado:
-Ánimo, hijo. Pese a todo, esta fue una boda
discreta a la que seguirá un divorcio aún más discreto cuando hable con tu
suegra y le ofrezca dinero.
Terry sabía que no iba a ser sencillo. Era
obvio que la madre de Susana no quería dinero; lo único que deseaba era
destrozarle la vida por lo sucedido a su hija.
-Dios, estoy conforme con
seguir sufriendo en pago a lo que le hice a Candy - pensó Terry- pero ten
clemencia de mí, no la soporto…
Sólo unos días más tarde, una foto del
feliz matrimonio Grandchester Marlowe recorrió las páginas de espectáculos y
sociedad de Norteamérica. Si bien la noticia sacó a Terry del listado de los
solteros más codiciados, no fue suficiente para que la prensa y el público lo
dejaran en paz. Cada vez querían saber más de ese apuesto y gallardo joven, el
que había entregado su vida al amor de Susana, la mujer que se había sacrificado
por él. ¿No eran acaso una pareja sacada de una novela de Sheakespeare? ¿No eran
la encarnación del amor?
Fue entonces cuando Terry se rindió ante las
evidencias. Ya no tenía sentido seguir sufriendo por su antiguo amor. Su
realidad eran Susana y el teatro. El teatro. El teatro era su pasión, aquello
que le daba la fuerza para levantarse cada día. Candy jamás podría volver a
formar parte de la vida del inglés. Y él lo sabía.
La
innegable destreza de Candy la había llevado de un puesto a otro en los
principales hospitales de California, siempre en ascendente carrera. Por otra
parte, su pasión por los niños y la medicina se aunó en un nuevo desafío para la
joven que comenzó a estudiar pediatría. Corría de un lado a otro todo el día,
pero le alegraba pensar que pronto podría atender ella misma a más
niños.
Al mismo tiempo, la tía se había encargado de guiarla por la senda
de las damas de sociedad. Para sorpresa de ambas, la mezcla había resultado
extraordinaria. Candy brillaba por igual en el hospital como en los grandes
salones. Si entre médicos y enfermeras se comentaban y respetaban sus opiniones
médicas, en los círculos sociales se había corrido la voz de la singular
belleza, gracia y elegancia de la señorita Andrew.
El éxito alcanzado en
California le abrió a Candy una nueva oportunidad, cuando le ofrecieron hacerse
cargo de la sección de pediatría del hospital más importante de Seattle, lo cual
resultaba perfecto tras sus estudios de pediatría. La tía abuela no cabía en sí
de orgullo y alegría. Además, en Seattle los Andrew poseían una mansión
maravillosa que Candy sabría llenar de vida.
Fue así como la joven, que
por esos días ya contaba con hermosos 21 años irrumpió en la escena de la
tranquila Seattle. Era imposible que pasara desapercibida. Su sencilla belleza,
su carisma, su gracia y su inteligencia la convertían en el centro de las
miradas. Las mujeres admiraban su elegancia; los hombres admiraban su hermosura.
Pero Candy había logrado más, mucho más que el común de las señoritas de
sociedad. Candy era más que un apellido y una linda cara. Era más que la
señorita Andrew. Candy brillaba con luz propia por su inteligencia y la
tenacidad que la habían llevado a desarrollar una carrera tan ascendente como
deslumbrante.
Aunque no le gustaba el lujo de la mansión, la joven
comprendía que para su tía y para Albert era importante que ella usara esa casa
y que se dejara apoyar por la servidumbre. Después de todo, no era desagradable
estar acompañada. Por eso accedió a establecerse en la mansión. "Bueno", se
había dicho, "es parte del juego. Tampoco puedo ganar en todo, ¿no?".
No.
Candy sabía que no podía ganar en todo. Peor aún. Sabía que había un lugar en el
que simplemente jamás podría ganar: el amor. La idea había comenzado a surgir
poco a poco en su cabeza, pero la ahuyentaba con trabajo, con pacientes, con
responsabilidades. Pero tal como ocurre con todos los miedos que no se enfrentan
y se dejan en el olvido, la idea siguió creciendo, hasta convertirse en una
certeza que le helaba el corazón.
Había llegado a la convicción de que ya
nunca podría querer a alguien de nuevo, menos aún que alguien pudiera amarla
sinceramente. Esto, desde luego, es algo que toda jovencita se repetía cada
cierto tiempo, pero el caso de Candy era distinto. La muerte de Anthony y la
dramática separación de Terry... el abandono de Terry. Su incapacidad para
luchar por él...
-No... no puedo volver a pasar por algo así, no quiero
volver a sufrir.
Y cuando el dolor y la soledad subían a su corazón, la
joven corría a sus libros, a sus pacientes, a los pasillos del hospital, a
ocuparse para no pensar, para no sentir. ¿Cuándo tiempo hacía falta para
olvidar?
Aunque ella no podía verlo, era difícil que Candy no despertara
sentimientos románticos entre los jóvenes que compartían con ella un baile o un
quirófano. Más de algún médico y joven banquero había solicitado formalmente
autorización para cortejarla. Pero Candy, a la sola mención del tema,
reaccionaba en forma airada, molesta, incómoda. En algún momento decidió adoptar
una actitud de indiferencia y nunca aceptó invitación alguna. La tía se
preocupaba por esta situación, pues tras esa indiferencia, temía que Candy
escondiera un corazón adolorido, temeroso y frágil. Aun así, era incapaz de
abordar el tema con su sobrina.
Así, la enfermera que había dejado Nueva
York una fría noche de invierno con el corazón destrozado, había dado paso a una
profesional destacada, trabajadora incansable, admirada por quienes la rodeaban,
sanamente orgullosa de sus logros… pero con el dolor de sentirse incapaz de
volver a amar.
“Es así como quiero estar”, se repetía constantemente,
“tengo todo lo que necesito: mi trabajo, mi familia, mis niños del hospital, los
niños del hogar, el apoyo de los Andrew, la inesperada aceptación de la
sociedad. No necesito más. Debo estar agradecida con Dios”.
Sin embargo,
era difícil abstraerse a un mundo en el que todos parecían gozar del amor.
Porque ese mismo año, no sólo las vidas de Candy y Terry habían dado
giros inesperados. Durante aquellos días, otro joven había iniciado un camino
que, a diferencia de sus amigos, lo tenía flotando en una nube de alegría. Por
fin había encontrado al amor de su vida, la mujer perfecta, la única que había
colmado su corazón y la única que podía soñar como madre de sus hijos.
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capítulo cuatro aquí!!!
Tres Destinos
Autoras: PCR y Zen
GF 2007