Tres Destinos
Por PCR y Zen

Capítulo 4
¿Quieres ser mi esposa?
Cuando Albert era un adolescente, había pensado que la mujer de su vida sería la pequeña pecosa que había consolado en una colina. Mientras se recuperaba de su amnesia se había sentido enamorado de su enfermera, sin saber que era también quien había robado su juvenil corazón. Pero Albert había tenido que rendirse a la evidencia de que Candy, pese a todos sus esfuerzos, no dejaba de amar a Terry. Por eso aceptó que partiera a California. Esperaba que allá se recuperara y algún día poder demostrarle cuánto la amaba. Lo que Albert no esperaba es que en el transcurso de ese primer año sería él mismo quien encontraría el amor en otra mujer maravillosa.

Amy llenaba sus días y su corazón. Cuando estaba lejos de ella, el tiempo parecía detenerse… pero cuando estaba a su lado, los minutos volaban. “Qué idiota soy”, había pensado un día que se encontraba solo, "no puedo creer que sienta que el reloj no avanza cuando estoy sin Amy. Soy un cursi… ¡Dios, cuánto la amo!”. Una vez más recordó la maravillosa noche en que la había conocido. Tan sincera, tan hermosa, tan inteligente.

La gala de la NGS resultó una ocasión particularmente amena, pero ya se estaba hartando de estrechar manos de altos ejecutivos y recibir felicitaciones. La ceremonia de entrega de las becas había terminado y Albert había anunciado a los anfitriones con una leve inclinación de cabeza su conformidad con el evento y que se disponía a hacer una discreta retirada. Su presencia no había pasado desapercibida en Seattle y ya había varios periodistas esperando en la puerta principal, ansiosos por conseguir una foto del millonario del momento. Cuánto le desagradaba todo eso.

Se volteó para salir rápidamente y sin darse cuenta tropezó con una jovencita que, pese a sus intentos por ayudarla, fue a dar al suelo junto con los documentos que llevaba bajo el brazo.

-¡Señorita! ¡Señorita! Perdone usted, he sido un tonto. Permítame ayudarla.
-Oh, no se preocupe, yo venía distraída y no me di cuenta de que...
-No, por favor, la culpa es mía. ¿Se ha hecho daño?

Mientras la ponía de pie, se encontró con unos ojos color verde tilo profundos, luminosos y algo apenados. No era el color de los ojos de Candy, pero eran bellos. Muy bellos. Ambos se observaron por un instante hasta que la joven bajó la mirada, un tanto avergonzada.

-Oh, lo siento, soy un tonto. Por favor, déjeme ayudarla a sentarse.
-No, gracias, no se moleste, usted iba de salida y yo no quiero…
-No, por favor, yo insisto. Le pido nuevamente disculpas, señorita.
-No, yo le pido disculpas. Venía tan preocupada por lo que acababa de leer que no me di cuenta de que usted venía por el pasillo.
-Comprendo. Son sus documentos.
-Sí… es que… me parece terrible. - dijo con voz entrecortada.
-¿Terrible? ¿Hay algo en que pueda ayudarla?

Era inútil evitarlo: ahí estaba una vez más su instinto protector en acción, el eterno guardián de las causas perdidas.

-No, no creo. Perdone, no creo que le importe, son sólo cosas de mis investigaciones...
-¿Investigaciones? Ja, ja, ja - río suavemente Albert- ¿Y qué cree que hago esta noche en esta gala? Es la NGS, ¿sabía?
-Claro que lo sé, señor, yo soy parte de la Sociedad.
-¿En serio? ¿Es usted investigadora?
-Sí… bueno… en realidad…ahora creo que “era” investigadora.
-¿Era?
-Es que temo que tendré que abandonar este trabajo. Es maravilloso, ¿sabe? Pero no puedo, simplemente no puedo quedarme aquí y ver cómo nadie hace algo por esos pobres animales de África.
-¿Animales de África? ¿Qué animales de África?
-¿No lo sabe? Bueno, no me extraña. Somos muy pocos los interesados en esta especie.
-¿Y qué especie es ésa?
-Los gorilas. La gente los ve como simples monos, pero en realidad son...
-… primates extraordinarios - completó Albert.

Amy lo miró llena de sorpresa y admiración.

-Sí, lo son… Pero… ¿cómo lo sabe?
-Bueno… he tenido la oportunidad de visitar África y conocer personalmente a esos maravillosos animales.
-¿Usted ha estado en África?
-Sí, hace mucho tiempo. Fue algo maravilloso y los gorilas sin duda robaron mi corazón. Es una lástima que ninguno de los becarios de esta noche los haya hecho su tema de investigación.
-Hubo un proyecto, pero fue rechazado.
-¿En serio? No recuerdo ninguno…
-¿Usted participó en la selección?
-¿Eh? ¡Qué dice! Ehmm… ¿Y usted tiene un proyecto sobre los gorilas?
-Sí, pero no creo que le interese…
-Sí me interesa. ¡Cuénteme! ¿De qué se trata?

La joven era sin duda más que un lindo par de ojos. Su rostro era angelical y su inteligencia no podía negarse. Era una experta en gorilas. Albert nunca antes había compartido con nadie una charla tan amena sobre el tema que tanto lo apasionaba. Menos aun había esperado aprender él de una jovencita, él que había vivido en África. Y ella era tan simpática. El proyecto le interesó y, aunque no supo distinguirlo en un primer momento, ella también. Pasaron el resto de la velada comentando detalles del proyecto y conversando sobre las maravillas de África. Pero se hacía tarde y el siguiente sería un día lleno de reuniones.

-Su proyecto me parece sumamente interesante.
-¿En serio? Lo mismo creo yo. Estoy convencida de que es lo que los gorilas necesitan. Si no los investigamos, creo que pronto desaparecerán sin que hubiésemos sabido de ellos. No logro entender cómo no conseguí la beca. Pero no importa. Ya me he decidido: venderé algunas cosas y me las arreglaré para viajar a África. No voy a quedarme de brazos cruzados.
Su determinación lo llenó de admiración. ¿Quién era esa chica con la que sentía una conexión tan fuerte? ¿Quién podía ser tan independiente y amar tanto la naturaleza? Tanto... como él la amaba. No iba a perder la oportunidad de averiguarlo.

-¿Cuál es su nombre, señorita? Llevamos mucho rato conversando y no se lo he preguntado.
-Mi nombre es Amy Sinclair.
-Bueno, señorita Sinclair, creo que no será necesario que venda sus cosas para viajar a África. Conozco a alguien que estará feliz de apoyarla en su proyecto. Pero claro, tendríamos que reunirnos para analizar con más detalle su idea.
Los ojos de la chica brillaron.

-¿Me está hablando en serio, señor? Por favor, no bromee conmigo, para mí es algo muy importante.
-Jamás bromeo sobre estos asuntos. Tenga mi tarjeta, por favor, con gusto la recibiré mañana a las 5:00 en nuestras oficinas para que sigamos conversando… Sobre su proyecto, claro. Sé que encontraremos juntos el apoyo que necesita.
-¿Juntos? - La chica se sonrojó levemente y bajó la mirada - Disculpe, ni siquiera sé su nombre.
-Mi nombre está en la tarjeta, señorita Sinclair. Por favor, le pido mil disculpas, pero ahora debo retirarme. Ha sido un verdadero placer conocerla… conocer su proyecto. La espero mañana a las 5.00, ¿le parece?

Albert tomó su mano con delicadeza y depositó un beso respetuoso junto con guiñarle un ojo.
-No falte… por favor - dijo mientras se dirigía a la salida.
-No… allí estaré, señor… - Amy miró rápidamente la tarjeta - señor… ¡Andrew! - La chica no pudo disimular la sonrisa en sus labios.

Albert abandonó la gala con un nuevo sentimiento en el corazón. Quería que el tiempo volara, que ya fueran las 5.00 del día siguiente, que ella no faltara. “¡Qué chica!”, pensó camino a casa. Ni siquiera Candy le había resultado tan dulce como Amy. ¡Y parecían tener tanto en común! No había esperado encontrar a alguien que entendiera su pasión por los gorilas y ahí estaba, en esa gala, una mujer inteligente y hermosa que sabía incluso más que él sobre esos “maravillosos primates”. Todo había sido tan inesperado…

La reunión del día siguiente había sido el comienzo de una intensa actividad. Albert se mostró dispuesto a apoyarla en todo, pues el proyecto era realmente novedoso, aunque el costo era bastante elevado. Pero debía volver a sus negocios en Chicago… lo cual significaba que ya no podrían reunirse.

-Señorita Sinclair, mañana debo volver a Chicago. Usted sabe que ése es el lugar donde están las oficinas principales de mis empresas y no puedo ausentarme.
-Comprendo, señor Andrew - le contestó ella bajando la vista con cierta tristeza.

El gesto conmovió a Albert y sintió un peso en el corazón. ¿Qué le estaba pasando?

-Pero este proyecto es muy importante para mí y quisiera seguir apoyándola en cuanto me sea posible. Le prometo que volveré a Seattle en cuanto antes. Por favor, no deje de compartir conmigo los avances del proyecto.
-Señor Andrew… yo - la joven de acercó a Albert y besó su mejilla tímidamente - No sabe cuánto significa todo su apoyo para mí.

Era algo que Albert no esperaba, pero que había disfrutado plenamente.

-Amy… ¿puedo llamarla Amy?
-Desde luego, señor Andrew.
-No, llámame Albert, por favor.
-Está bien… Albert.
-Amy… Volveré. Te prometo que volveré. Juntos haremos de este sueño una realidad.
-Gracias, Albert. No me falles, por favor.
-Jamás podría hacerlo.

El resto de la historia era fácil de suponer. Albert había descubierto un nuevo sentimiento y algo le decía que era correspondido. Esta vez no iba a perder el tiempo  y si bien los negocios eran importantes, ese mismo dinero le permitía hacer lo que quisiera. Y esta vez quería vivir en Seattle. Al principio George no entendió ese aparente capricho, pero todo cobró sentido cuando observó el brillo en los ojos del joven al hablar de la señorita Sinclair y su investigación.

-¿Qué es esto, Albert? ¿Qué pasa con la señorita Sinclair? - preguntó irónicamente George.
-¿Eh? No… Nada… Es que creo que en Seattle podré apoyarla mejor y bueno… Tenemos una mansión y varios negocios pendientes en esa ciudad, así que…
-Claro, señor Andrew. Y así podrás ocuparte personalmente de apoyar a la investigadora de hermosos ojos verdes, ¿no?
-Bueno… sí… - Albert se ruborizó.
-Ja, ja, ja… ¡Albert! ¡Hombre! ¿No me digas que estás enamorado?
-¿Enamorado yo? No…
-Ay, vamos, se te nota. ¡Reconócelo de una vez!
-No sé si estaré enamorado, George, pero ella me fascina. No puedo evitarlo, sólo quiero estar a su lado, ayudarla. Quién sabe… tal vez conquistarla.

Albert se había sincerado con su mentor y confidente. Ambos trabajaron codo a codo y pronto la tía abuela se encontró despidiéndose de su sobrino. El nuevo centro de operaciones de las empresas Andrew sería Seattle.

Una vez en la ciudad, Albert y Amy siguieron frecuentándose. Poco a poco las conversaciones pasaron del plano científico al personal, conversaciones que se extendían por horas y que pronto comenzaron a realizarse en románticos lugares. Albert se sentía cada vez más atraído por la dulzura de la joven, al punto que dejó de lado su idea de no asistir a fiestas para empezar a asistía con ella.

Todos comentaban lo enamorados que se veían. Entonces Albert había tomado una decisión. La invitó a un fin de semana a la playa y en ese lugar le había declarado su amor. Ella había aceptado gustosa ser su novia y ahora la tenía entre sus brazos. Había llegado el momento para dar otro paso hacia su completa felicidad.

-Amy, ¿recuerdas aquella tarde en la playa? - dijo besándole el cuello.
-¿Cómo olvidarlo, mi amor, si es lo mejor que me ha pasado en la vida?
-¡Te quiero tanto!
-Y yo a ti, Albert.
-Te amo - dijo Albert en tono serio y decidido.
-No creo que más que yo…
-Amy… Ya no somos unos niños… Eres la mujer de mi vida. Ya no quiero estar solo, te necesito. Te necesito cada día a mi lado.

Albert se puso de pie, tomó su mano e hizo que la joven se incorporara. Besó tiernamente sus labios y se separó para mirarla directamente a los ojos.

-Amy Sinclair, ¿quieres ser mi esposa?





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Tres Destinos
Autoras: PCR y Zen
GF 2007