Tres Destinos
Por PCR y
Zen
Capítulo 5
Ironías De La Vida
Desde luego, Candy no había tardado en enterarse por la prensa
sobre el matrimonio de su famoso ex novio. Terry Granchester había concretado su
hermosa relación con Susana y para todos eran la encarnación misma del
amor. Mientras leía la noticia, sola en su departamento, Candy lloró por última
vez por el amor que una vez la había unido al rebelde inglés. "Se terminó",
pensó, "ya es momento de que siga adelante, basta con esto". Hacía tiempo que
había dejado de amarlo, pero una noticia así no podía serle indiferente. Sin
embargo, fue un alivio poner el punto final de una vez por todas.
Por
otra parte, justo antes de recibir la noticia del nuevo puesto en Seattle, la
tía le había comentado que por fin Albert estaba “sentando cabeza” y que
frecuentaba a una chica maravillosa. Al parecer, Albert sí que estaba enamorado,
pues incluso se había mudado a Seattle para estar más cerca de su novia.
Candy entendió por qué su buen amigo ya casi no le escribía y, si bien
sintió una punzada de molestia al enterarse por terceros de su noviazgo,
comprendió rápidamente que el amor era así. Albert tenía todo el derecho del
mundo a gozar de su tiempo y su felicidad con quien quisiera.
Al
principio había dudado aceptar la invitación para compartir la mansión de
Seattle con Albert. Él ya llevaba casi seis meses de noviazgo y Candy no quería
ser una molestia para los enamorados. Sin embargo, el propio Albert la había
convencido de que no sería así y que, de hecho, sería bueno que tuviera la
oportunidad de conocer a quien él tanto amaba.
“En fin, tampoco será por
mucho tiempo”, pensó Candy, aceptando la invitación con la secreta esperanza de
permanecer en la mansión sólo el tiempo suficiente como para conseguir un cómodo
departamento para ella sola.
Tras dos años de vida independiente, Candy
había olvidado que la vida como una Andrew conllevaba ciertos “detalles”. Tras
su primer día de trabajo en el hospital, salió agotada y mucho más tarde de lo
previsto. Mientras bajaba las escaleras un automóvil estacionado vino a
refrescarle la memoria.
-¡Oh, no! Olvidé al chofer… Creo que me costará
bastante acostumbrarme a estos sirvientes, pensó con aburrimiento.
-Señorita
Andrew.
-Thomas, ¡disculpe! Olvidé que...
-Descuide, señorita. ¿A
casa?
-Ah… eh… sí, por favor.
Una vez en la residencia, junto con
saludarla, el ama de llaves le entregó una nota de la tía
abuela.
-¡Gracias, Mary!
-Señorita - contestó la mujer con una leve
reverencia- ¿Desea la cena de inmediato?
-¿Albert ya llegó?
-No, señorita.
El señor Andrew no cena en la mansión.
-¿No cena en la mansión? ¿Y entonces…?
Ah… claro. Comprendo. Olvídelo, Mary, no puedo cenar esta noche, lo
siento.
-¿La señorita va a cenar fuera?
-No, la señorita no va a comer-
contestó Candy con cierto fastidio.
-Oh, lo siento, señorita.
-Está bien.
Por favor, lléveme un sandiwch y un vaso de leche a la biblioteca. Estaré allí
estudiando y…
-Pero, señorita, usted debe alimentarse. Ha trabajado todo el
día y la señora Elroy...
-... y la señora Elroy me ha enviado una nota que me
dispongo a leer en la biblioteca, lugar donde voy a estudiar y al que le
agradecería que me llevara un sandiwch y…
-Comprendo señorita - dijo la mujer
bajando la mirada.
-Mary, disculpe. No quiero ser grosera con usted. Le
agradezco su preocupación, pero tengo que leer algunos libros.
-Señorita,
¡por favor! - se apresuró, el ama de llaves- No es necesario que me explique
nada. En seguida le llevo el sándwich- dijo al tiempo de hacer una leve
reverencia y desparecer en dirección a la cocina.
-Uff... ¡Ay, tía, usted sí
que me cuida! - pensó Candy.
Subió a su cuarto y luego de refrescarse tomó la
nota y se dirigió a la biblioteca.
Querida Candice:
Espero que
te estés comportando como se debe. Bien sabes que te preferiría acá en Chicago,
pero no puedo negar que haría un gran daño a Seattle robándome a su nueva jefa
de pediatría. Eres una gran profesional, mi querida sobrina, y de no haber sido
lo que eres, no deseo ni pensar en lo que habría ocurrido con William. Estaré
siempre agradecida por ese gesto.
Espero que ya te hayas habituado a las
personas del servicio. La mansión en Seattle es grande y temo que William
prácticamente pase el día completo fuera, sobre todo ahora con tantos
preparativos. No me perdonaría que un exceso de actividades entre el hospital,
tus estudios y la mansión afectara tu salud.
Te suplico permitas que
Thomas te lleve a todos los lugares a donde vayas. Nunca salgas sola. Tu
seguridad es muy importante, recuerda a qué familia perteneces. Espero
visitarlos prontamente.
Elroy Andrew
-Qué remedio me queda
- pensó la joven con cierto fastidio.
Después de todo, parecía que seguiría
viviendo prácticamente sola. El enamorado apenas había tenido unos minutos para
ella esa mañana cuando llegó a la mansión. “Definitivamente tengo que encontrar
pronto un departamento", concluyó Candy antes de comenzar a
estudiar.
Una vez concretado su matrimonio, Susana
comprendió que debía esforzarse por agradar a Terry en lo que le fuera posible.
Seguro: él no la amaba, pero tampoco era necesario que las cosas se tornaran
insoportables entre ambos. Habló con su madre para pedirle que los dejara solos,
que le permitiera luchar por Terry, pero la mujer no estaba de acuerdo.
Finalmente, y tras una amarga discusión, la madre de Susana había abandonado el
departamento de los flamantes esposos.
A partir de ese momento Susana
supo que no volvería a contar con su madre, que tendría que luchar sola…aprender
a vivir sola. Era obvio el desprecio que Terry sentía por ella, pero… ¿qué
estaba haciendo para evitarlo? Absolutamente nada. Se dirigió al espejo y se
miró con profunda tristeza.
-Me das lástima -se dijo a sí misma- ¡Mírate!
Desde que sucedió el accidente no has hecho más que llorar. No solo tú tienes
problemas, estás siendo demasiado egoísta, buscando que todos te tengan
compasión. Terry la dejó… Por tu culpa sacrificó su felicidad, ¿y qué has hecho
para recompensarlo? Nada... ¡Sólo lo has hecho más desdichado! - dijo esto
último lanzando un grito al espejo.
Esa misma tarde, cuando Terry llegó,
encontró a una Susana diferente.
-Terry
-¿Ahora qué quieres,
Susana?
-Sólo quería decirte que… voy a ir a una clínica de rehabilitación y
bueno... me peleé con mamá. Quería saber si cuento con tu apoyo.
-Por
supuesto.
Así fue como Susana inició un intenso tratamiento que, gracias a
su enorme esfuerzo y a la magia de la ciencia, le dio la oportunidad de volver a
caminar, aunque apoyada con un bastón. Pero junto con su recuperación física,
Susana decidió apoyar a su marido. Y qué mejor que apoyarlo en la pasión que los
unía: el teatro.
-Hola, Terry.
-Susana, ¿qué haces
despierta a esta hora?
-Escuché que estabas practicando tus diálogos - Terry
asintió con la cabeza - ¿Te puedo ayudar? Yo puedo decir los diálogos de
la otra parte.
¡Silencio, Kent!
No te pongas entre el dragón y su
furia.
La quise de verdad y pensaba confiarme
a sus tiernos cuidados.
¡Fuera de mi vista!
...
Regio Lear, a quien siempre
honré como mi rey,
quise como a un padre,
seguí como señor, recordé como patrón
en mis
plegarias...
-Terry, alza más la cabeza.
-Sí.
Poco a poco, la
convivencia diaria dejó de ser amarga. Susana dejó de ser una pesadilla
para convertirse en una excelente amiga y confidente, al punto que llegó el
momento en que Terry comenzó a sentir un cariño muy especial hacia ella, cariño
que si bien distaba de ser amor, los unía fuertemente. Una noche, después de una
larga y animada conversación, Terry decidió que era el momento de compartir sus
sentimientos con la joven.
-Susi…
-Dime, Terry.
-Debo decirte
algo.
-Claro… ¡dime! - le contestó con una sonrisa. No entendía a qué se
debía esa seriedad tan repentina.
-Susana, tú sabes que al principio odié
estar casado contigo. Para mí era un verdadero infierno, maldije mi suerte y
maldije el día que la dejé ir -Terry no pronunció su nombre. No era necesario:
ambos sabían que se refería a Candy- Muchas veces pensé dejarte y buscarla,
incluso el día de nuestra boda pensé dejarte plantada. Pero el recuerdo de
aquella promesa lo impidió. Ahora nuestra situación es muy distinta -se acercó
para tomar su mano- Quiero decirte que lo que hoy me ata a ti no es esa promesa,
sino que eres tú. No sé cómo ni cuándo ocurrió, pero me siento muy a gusto
contigo, significas mucho para mí.
-¡Terry! - dijo Susana llorando.
-No
voy a mentir ni a decirte que te amo, pero lo que sí es verdad es que te quiero
mucho. Siento un gran aprecio por ti.
-No, Terry, yo no puedo evitar sentirme
mal por haberte separado de ella… perdóname.
-Susana, no tengo nada que
perdonarte.
-Terry, búscala, rehaz tu vida - le suplicó Susana.
-No. Me
quedo aquí contigo. Lo elegí antes y lo elijo ahora.
Terry selló sus
palabras con un tierno beso en los labios de Susana que aún lloraba en silencio.
La vida era tan irónica. Ahora que él le confesaba que comenzaba a sentir algo
por ella, ahora que él elegía libremente seguir a su lado… ahora era cuando
Susana, después de su recuperación física y emocional, se había dado cuenta del
gran error que había cometido al obligarlo a casarse con ella.
Entra al
capítulo seis aquí!!
Tres Destinos
Autoras: PCR y Zen
GF 2007